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Marcelo Godoy es legislador porteño
pero nació en Mendoza. Y guarda esa
marca en su decir y su estilo. Apego
por la formalidad y parámetros
históricos, y da fundamento a la
frase de que casi todos los
políticos mendocinos se parecen.
Y el mismo lo reconoce. Es cordial,
responde lo que se le pregunta pero
con introducción y tiene un aire de
melancolía. Estos son los
principales tramos de la
conversación. |
¿Por qué tiene
un tintero con la figura de José Gervasio
Artigas sobre el escritorio de su despacho?
Es un tintero
tipo que en su momento se hizo para los
funcionarios del Banco Central de Uruguay.
Es de la década del ’20, lo compré en un
anticuario de Montevideo; estaba destruido y
un amigo mío lo arregló. Para mí, Artigas es
un arquetipo de las banderas federales. La
decisión de Uruguay de no ingresar a la
Confederación dejó desbalanceada a la
Argentina. Ellos eran firmes sostenedores de
la bandera federal y el problema que vivimos
en la Argentina es la falta de federalismo.
La discusión de los asuntos del campo, del
ingreso y la distribución de la riqueza son
todos eufemismos; detrás de eso está la
expresión de la falta de federalismo
económico, fiscal, político, cultural y
social del país. Creo que el cambio del
ciclo económico mundial y la suba sostenida
del precio de las materias primas que se
producen en la Argentina, hace que los
centralistas tengan perdida la pelea que
están dando. El federalismo es imparable
porque el cambio de valores de la producción
primaria hace que las provincias puedan ser
autónomas y financiarse.
Eso
llevaría entonces a replantear la relación
entre las provincias y el gobierno central.
Sí, pero el replanteo no va a exigir una
novedad. El cambio en los valores de la
producción hace volver materialmente posible
el proyecto de la Constitución federal de
1853. No tenemos que inventarle el agujero
al mate, sino avanzar con el federalismo que
nunca se asentó en la Argentina. Carlos
Pellegrini, después de haber reemplazado a
Juárez Celman y siendo senador, dijo en un
discurso en 1906 que el país no era ni
representativo, ni republicano ni federal.
Nuestra generación va a vivir una novedad en
ese sentido porque ahora el país, a raíz de
los cambios sociales y económicos que
implicaron el radicalismo y el peronismo en
su momento, va a ser verdaderamente federal
y representativo. Ese va a ser un dato
radical del mejoramiento argentino. Ahora va
a coincidir un buen ciclo económico con un
notable mejoramiento de la calidad
institucional en términos de federalismo y
representación. Eso implica una verdadera
distribución porque nadie conoce las
necesidades de un pueblo mejor que su propio
intendente y nadie conoce las necesidades de
una provincia mejor que su propio
gobernador.
¿Cuándo
tuvo conciencia de que lo apasionaba la
política?
En mi familia materna, no en la paterna, no
recuerdo una comida en la que no se haya
discutido una sola cuestión de orden público
por más pequeña que fuera.
¿Tenían
participación política en algún partido?
No, no. Yo soy mendocino y la política en
Mendoza no es parecida a la del Río de la
Plata; es muy parecida a la chilena. La
cultura política de Mendoza es similar a la
de Chile. En la provincia hay tres partidos,
el radical, el Justicialista y el Demócrata,
y hay un equilibrio tal que ninguno tiene
preponderancia para imponer su sola
voluntad.
¿Y su
familia materna con qué partido simpatizaba?
Eran demócratas, “gansos” cien por ciento,
pero no tenían actividad partidaria; eran
charlas de carácter cívico. Es difícil
distinguir entre un radical, un peronista y
un demócrata mendocino.
Dicen
que, en última instancia, son todos
conservadores.
Mendoza es una provincia conservadora en
términos del mantenimiento de las
tradiciones, pero muy progresista en
cuestiones sociales y económicas. Mendoza
tuvo una legislación de trabajo anterior a
la del resto de la Argentina; tiene el
régimen de los contratistas, que son los
empleados rurales en relación a los
patrones, a quienes se les paga sueldo y
porcentaje; tiene un sistema de riego que
termina siendo una carga pública porque los
propios agricultores tienen la obligación de
levantar y bajar las exclusas para que se
riegue toda la superficie de cultivo en
forma racional y equitativa. Eso marca el
carácter provincial y ordena a la gente
desde chica respecto a la importancia de
trabajar y cooperar en conjunto.
¿Cómo
saltó de aquella mesa familiar a la política
real?
De chico, como buen meterete, me dejaban
opinar y después coincidió el comienzo de mi
carrera universitaria con el renacimiento
democrático.
¿Usted
hizo el secundario en un liceo militar?
Sí, fui al Liceo Militar General Espejo. Me
tocó la época del proceso y no se hablaba de
política.
¿La
elección de ir al liceo militar fue suya o
de su familia?
Mía y en mi familia se pegaron una gran
sorpresa. Cuando estaba terminando la
primaria, para entrar a las secundarias
había que dar examen de ingreso. La gran
mayoría hacíamos a la par de séptimo grado
en un instituto para prepararnos para el
examen. Fui a uno muy bueno, en el que la
verdad aprendí tanto como en toda la
primara, y el último mes, cuando preguntaron
a qué colegio pensaba ir para darnos la
orientación final, todos decían el Liceo y
por repetición respondí lo mismo. La
elección no fue muy seria.
¿Qué le
dijeron en su familia?
Me explicaron que era un internado con un
régimen militar, que no me fuera a
confundir. Ingresé y, para sorpresa de mi
familia, terminé.
¿Qué
marcas le dejó su paso por el Liceo Espejo?
A mí me tocó una época dura porque entré el
14 de marzo de 1976, diez días antes del
golpe de Estado. La mitad del Liceo se usó
para detener gente; eso me marcó mucho
porque entre los detenidos vi a dos hermanos
de la señora que trabajaba en mi casa como
empleada doméstica, a quien queríamos como
una madre. Yo lo vi cuando lo bajaban
detenido, Nicola se llamaba y había ido a
hacer algunos arreglos a mi casa. Me acerqué
a la alambrada que habían puesto dividiendo
un campo del otro y le gritaba para
saludarlo. Me acuerdo que se acercó un
suboficial y que en tono medio paternal me
dijo que no saludara porque eran detenidos.
Me di cuenta de que Nicola me había
escuchado y que no se daba vuelta. Cuando
fui a mi casa y le conté a Alina se puso muy
contenta porque no sabía donde estaba y me
explicó que no me había saludado para
protegerme. Adentro del Liceo no se hablaba
de política; estaba en el reglamento que no
había que discutir por política y religión.
¿Qué
tipo de instrucción militar tuvo?
Lo militar se reducía a una instrucción que
a uno lo prepara para formar parte de la
reserva. Lo militar se reducía a todo lo que
se hacía dentro del cuartel y dos veces por
año salíamos a la alta montaña a hacer
maniobras, que son ejercicios de tiro,
vivac… es una especie de camping con tiro.
El 80 por ciento era educación y los
profesores eran muy exigentes, además
hacíamos actividades de orden cerrado. En el
Liceo uno está muy sólo; uno se hace la
cama, se cose la ropa; salvo cocinar, todo
lo hacíamos nosotros. De chiquito hay una
formación de carácter de arreglarse sólo y
se extraña mucho a los padres.
¿Qué
fue, en términos personales, lo más duro de
aquellos años?
El trato era muy bueno, viéndolo a la
distancia; cuando uno está ahí adentro,
siendo chico no piensa lo mismo, porque el
trato militar es muy severo. Además, los
amigos que se hace ahí pasan a ser hermanos.
Del lado militar hay, además, una técnica de
cohesión del grupo, que son los “bailes”, la
ejecución de ejercicios físicos juntos, que
va hermanando.
¿Salía
los fines de semana?
Sí, los viernes a la tarde y volvíamos el
domingo a la noche. Ese regreso es lo más
horrible que he vivido en mi vida, era un
ensayo de la muerte.
¿Si hoy
tuviera de nuevo doce años, volvería a
elegir el liceo militar?
Ya es una cosa personal, pero bueno… mi papá
murió cuando yo tenía 16 años y me doy
cuenta que lo vi poco por haber ido al liceo
militar.
¿Cómo
era su familia?
Somos cuatro hermanos, todos varones, y mi
mamá se queda viuda cuando yo, que era el
más grande, tenía 16; el que me seguía tenía
15, el otro 10 y el más chico 7. Mi mamá se
hizo cargo de todo; por suerte era escribana
porque si no, no sé cómo hubiéramos
sobrevivido. Cuando egresé, me mandaron a
Buenos Aires así que también la vi muy poco
a ella. Mi mamá falleció antes de que me
eligieran diputado. Es muy difícil hacer
análisis contrafáctico, pero el precio que
he pagado en términos de relación con mi
familia es grande.
¿Por qué
lo mandaron Buenos Aires para hacer su
carrera universitaria?
Porque mi mamá se recibió en Buenos Aires.
Cuando llegó el momento de hacer mi carrera
universitaria, la única universidad de
Mendoza que daba Derecho era privada y a mi
mamá no le gustaba. Mi mamá siempre fue
partidaria de la educación pública. Sobre el
final de la primaria fuimos a colegios
religiosos porque en el gobierno de
Isabelita hubo un año que casi no tuvimos
clases por las huelgas.
¿Cómo
fue su primer contacto con la política en la
facultad, viniendo de un liceo militar donde
estaba prohibido hablar de política?
Enganché justo la transición. Cuando llegué
a hacer el curso de ingreso estaba el final
del gobierno militar, se da la Guerra de
Malvinas e inmediatamente hay una explosión
de exigencia democrática. La UBA parecía el
cajón de un piano por la resonancia que
había y de la noche a la mañana pasé de un
convento a un vendaval. Al principio para mí
fue un choque cultural porque era la primera
vez en la vida que veía cara a cara a gente
de izquierda; yo no conocía lo que era una
persona de izquierda, para mí eran como los
marcianos.
Sólo
había leído de ellos.
No, ni siquiera. A mí me tocó un liceo
militar donde las cosas que conocía de la
izquierda eran todas monstruosas porque
estaban todas vinculadas con la guerrilla.
Conocer a gente de izquierda me produjo un
impacto muy grande, pero viví un momento
extraordinario porque no he visto más
pluralidad de pensamientos que en la UBA
porque, además, agarré una etapa en la que
todavía se discutían ideas.
¿En qué
agrupación empezó a militar?
Se armó una agrupación de centroderecha, que
era UPAU, y me sumé. Me hice también muy
amigo de peronistas y radicales y no tuvimos
muchos problemas de convivencia. Empecé a
ver ahí cómo la militancia política se
vuelve casta porque era mucho más parecida
la vida que hacíamos todos los militantes
políticos que el resto del estudiantado; la
militancia política era tan intensa que se
convirtió en un submundo con sus propios
códigos. Empecé a ver la distancia que se
arma entre la gente que milita y el
ciudadano común. Era también una época de
cierto desorden en lo personal. Uno es muy
joven y bueno…
Se le
salió la chaveta, como se dice.
Venía muy estructurado de mi propia casa.
Mis locuras eran tonteras al lado de lo que
veía que hacían compañeros míos, pero sí se
resintió notablemente mi rendimiento
académico. Como militaba de día, tenía que
estudiar de noche y durante dos o tres años
anduve medio zombi porque no me daba el
físico. La vida nocturna en Buenos Aires es
una cosa increíble. Me pegué unas
trasnochadas que daban calambre, pero
sanamente; nunca probé drogas ni viví
alcoholizado.
¿Recuerda a algún dirigente de izquierda de
aquella época con el que se cruce ahora?
Tenía más contacto con los de Franja Morada
y del peronismo. De Franja Morada me acuerdo
de Darío Richarte, Gonzalo Alvarez, Daniel
Bravo. Lo que más me llamaba la atención en
aquella época eran las discusiones entre los
comunistas y los trotskistas y ver cómo se
peleaban acaloradamente sobre quién mandó a
matar a Trotsky. No quiero parecer muy de
derecha, pero los sentía como poco
nacionales; me preguntaba por qué un partido
tan internacionalista, por qué no formaban
parte del radicalismo o el peronismo. Debo
decir que eran chicos muy bien formados; los
trotskistas eran desordenados, pero los
comunistas me hacían acordar al Liceo.
¿Volvería a hacer la carrera política que
hizo?
Yo nunca hice un plan, siempre he hecho lo
que me dicta el corazón. En su momento sabía
que me iba a recibir de abogado y nada más.
En política me pasa lo mismo: tengo mis
ideas y nada más; no planifico. Nunca hice
política para sacar un rédito. En mí familia
la búsqueda de rédito personal en forma
egoísta siempre estuvo mal vista, no sé si
por un tema ético o estético, pero eso me
marcó. Lo que tengo es un tremendo optimismo
y siempre pienso que todo va a marchar bien.
Muchos me preguntan qué voy a hacer el año
que viene, cuando termine mi mandato, y la
verdad no sé. En cambio, tengo varios
compañeros de bloque que ya tienen
planificado cuándo van a hablar con Macri y
con Gabriela (Michetti). Esa inconciencia me
hace vivir también más tranquilo.
Usted
decía que el liceo militar le impidió pasar
más tiempo con su padre. ¿Siente que la
política le hace pasar menos tiempo con su
familia?
Yo me siento deudor porque mi padre no me
pudo ver recibido y mi madre por quince días
no me pudo ver diputado. Estoy casado con
Fernanda, que es chef y ahora pobrecita está
trabajando mucho porque por suerte le va muy
bien, y tengo un hijo de once años, y es
cierto que la política me saca tiempo para
estar con ellos. De todas maneras, veo que
él es feliz, que es lo que nos interesa a
nosotros dos. Hace una vida muy sacrificada
porque va a un colegio en Belgrano y
nosotros vivimos en Retiro; se levanta a las
seis de la mañana, a la siete se está
subiendo a la combi y es el último chico que
dejan a la vuelta así que el pobre Tomás
casi está haciendo la colimba.
¿Por qué
eligió un colegio tan lejos?
Porque es bilingüe en doble turno.
¿Qué
cosas comparte con Tomás?
Soy de llevarlo a hacer deportes los fines
de semana. Después, lamentablemente, a él le
encantan los jueguitos electrónicos y yo soy
un negado. Ahora ha empezado a tocar la
guitarra y estamos muy entusiasmados con
eso. Me sorprende con preguntas que yo no me
hacía a la edad de él. Tomás ha perdido
mucha gente cercana, mi mamá, mi suegro, y
nosotros somos padres grandes y pienso que
el temor a quedarse solo también lo ha
marcado. Tiene una mentalidad distinta a la
mía; lo atrae más la naturaleza y para mí es
muy interesante. Al ser hijo único, lo
criamos bastante protegido y con los temores
de cuando ya empieza a salir. Tengo el
problema de que vengo de otro lugar y tengo
mucha distancia de edad con él.
¿Le
parece que tiene tanta diferencia de edad?
Yo fui papá de él a los 33, pero además no
tengo ninguna pista de cómo es la
adolescencia en la Ciudad de Buenos Aires.
Me aterroriza cuando veo Policías en acción
y veo la noche y a lo que están expuestos
los chicos. Este es un país que
históricamente carnea chicos y adolescentes.
Me llama la atención cómo al sistema
político y a la gente en general le importa
tres pitos la niñez y la juventud; es
horrible lo que se hace acá. Los dirigentes
políticos somos grandes responsables de que
la droga esté fuera de control y que llegue
a los chicos como llega.
¿Qué
cosas lo distraen?
Yo veo televisión, pero no sirvo para el
rating. Veo el Discovery Channel, el Animal
Planet; veo del canal 52 hasta el 61, que
está el Garaje y también me encanta.
¿No ve
el Canal Encuentro?
Sí, también. No parece la Argentina ese
canal; es extraordinario. Cuando Mauricio
quería cerrar el canal de la ciudad, yo
decía que no lo cerraran, que era muy
aburrido, pero que había que hacer lo mismo
que en Encuentro, que ese era el modelo. Al
Canal Encuentro lo veo sin aburrirme. Es
equilibrado, de muy buena calidad, prestigia
a la Argentina.
¿Cocina
de tanto en tanto o aprovecha que su mujer
es chef para que le haga todo?
No, no sé cocinar; es más, mi mujer hace
hasta el asado. Soy un verdadero desastre en
la cocina. Por ahí ella se enoja y como
castigo me hace hacer un asado. Cuando
estábamos de novios una vez me enojé mucho y
le aposté a ver quién hacía la mejor
hamburguesa casera; según los testigos que
probaron, fue un honroso empate.
Seguro
que eran amigos suyos.
No, eran mis suegros, que supongo que como
todavía no nos habíamos casado fallaron en
forma pareja para no ahuyentarme. Ella,
aparte de haber estudiado y ser especialista
en sushi, tiene el don de la cocina; sus
estudios perfeccionaron un don natural que
ella tiene.
¿Se
imagina en la política dentro de 15 años?
Salvo catástrofes, el proyecto del PRO tiene
en la ciudad para dos o tres períodos y creo
que en PRO tengo una perspectiva importante
de seguir mi carrera. Tal vez ahora me
tocaría en el Ejecutivo porque no puedo
reelegir y para mí tener una experiencia
ejecutiva sería algo extraordinario. De
todos modos, yo no me quiero convertir en un
político que dependa económicamente de la
política. Si los gobernadores, los
intendentes y los legisladores fueran
independientes, las cosas no serían como
son. Un hombre para poder actuar y votar de
acuerdo a su conciencia debe tener
independencia económica y hay dos maneras de
ser independiente en términos económicos: o
tener dinero de otra parte o adaptarse al
dinero que uno gana cuando deja de ser
político. El día que uno tiene la política
como refugio económico pierde la
independencia y empieza una cadena de
traiciones; uno traiciona a la gente que lo
votó, a la gente que lo ayudó, a sus
referentes y a uno mismo. Me animaría a
decir que esa es la historia del 50 por
ciento de los políticos argentinos.
Información
producida por la Dirección General de Prensa
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de
la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires
26 de agosto de 2008
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